OPINIÓN.
P. Roberto Visier.
P. Roberto Visier.
Naturalmente no les quiero hablar del producto más eficaz para limpiar el suelo de la parroquia o las ventanas de la sacristía. Me estoy refiriendo a la comunidad de los bautizados, a la Santa Iglesia de Dios, formada por pecadores. Son bien conocidas las palabras del cardenal Ratzinger cuando compuso las meditaciones para el Via Crucis del Viernes Santo en el Coliseo de Roma antes de ser Papa. Dijo: “hay mucha suciedad que limpiar en la Iglesia”.
Y verdaderamente lo está haciendo ahora que ha tomado el timón de la Barca que Jesús encomendó a San Pedro. El Espíritu Santo sabe lo que hace cuando nos ha dado a un Papa sabio y firme, un servidor y defensor de la verdad cueste lo que cueste, aunque el precio sea reconocer las terribles heridas que los propios hijos de la Iglesia han infligido a su madre. Ya había pedido valientemente perdón Juan Pablo II por los pecados del pasado, ahora lo hace Benedicto XVI por los del presente. Eso se llama valor, coherencia, responsabilidad, honestidad a prueba de bomba. Eso es lo primero que hay que hacer para realizar una buena limpieza: lavantar las alfombras, mover los muebles, buscar en los rincones oscuros, sacar a la luz toda suciedad y eliminarla, de modo que podamos presentar a Dios “una Iglesia sin mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef. 5,27).
Y verdaderamente lo está haciendo ahora que ha tomado el timón de la Barca que Jesús encomendó a San Pedro. El Espíritu Santo sabe lo que hace cuando nos ha dado a un Papa sabio y firme, un servidor y defensor de la verdad cueste lo que cueste, aunque el precio sea reconocer las terribles heridas que los propios hijos de la Iglesia han infligido a su madre. Ya había pedido valientemente perdón Juan Pablo II por los pecados del pasado, ahora lo hace Benedicto XVI por los del presente. Eso se llama valor, coherencia, responsabilidad, honestidad a prueba de bomba. Eso es lo primero que hay que hacer para realizar una buena limpieza: lavantar las alfombras, mover los muebles, buscar en los rincones oscuros, sacar a la luz toda suciedad y eliminarla, de modo que podamos presentar a Dios “una Iglesia sin mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef. 5,27).
Para nosotros esto es imposible. Siempre tendremos arrugas y manchas, pero procuremos lavar con frecuencia y planchar la blanca vestidura de nuestro bautismo. Para eso tenemos la oración y los sacramentos, para dejarle a Dios hacer su obra de purificación. Y éste es el segundo modo de limpiar la Iglesia. Volver a las raíces, recuperar la espiritualidad adormecida, llorar lágrimas de sangre por los pecados propios y ajenos y suplicar la gracia para perseverar en la santidad de vida. Expulsar la mentalidad anticristiana de nuestras comunidades, sin acomodarse a este mundo (cfr. Rom. 12,2), en el mundo pero sin ser del maligno (Cfr. Jn. 17,15). Porque esto es lo que ha traído tanto mal a la Iglesia: abandonar la oración y abrir las puertas al mundo, no para conquistarlo para Cristo sino para dejarse conquistar por el vicio del mundo. Cortemos esta raíz perversa y la mala hierba morirá.
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