25 ago 2011

TESTIMONIO. El puzle de la vida


Regresé finalmente sano y salvo a Tambobamba, cansado pero feliz. Sin duda, es un privilegio estar aquí, trabajar aquí y poder hacer lo que siento es mi vocación. No puedo sino dar gracias a Dios cada día. Y me siento, una vez más, feliz de poderlo compartir contigo, Arturo.

Pienso que la vida es como un puzle, del que no tenemos una foto que nos sirva de modelo, aparte del rostro de Cristo. Sí, efectivamente las piezas vienen dadas, y muchas veces no comprendemos su sentido, pero yo estoy convencido de que todo tiene un sentido, nunca he creído en el azar. Cuando era pequeño, me gustaba preguntarles a mis papás y abuelos cómo se conocieron, para saber mis propias raíces. Supe así historias que nunca he olvidado y que me hacen sentir que si yo estoy aquí no es por casualidad, sino que todo forma parte de un plan, el Plan de Dios, diría yo.

Mi “yaya”, mi abuela paterna, catalana, me contaba cómo allá sobre 1923 ella paseaba por las Ramblas y comenzó una lluvia inesperada que la hizo meterse con su mejor amiga con la que caminaba en una tienda para refugiarse. Allí se encontró con mi abuelo, marino mercante cuyo barco había llegado a Barcelona, y que se metió en esa tienda por las mismas razones. Ese “chubasco casual” sin duda fue algo fundamental para que yo esté aquí escribiéndote… Mi padre siempre soñó con ser militar y a los 17, en 1945, ingresó en la Academia de Caballería con mucho esfuerzo. A poco de ingresar, en unas maniobras, su columna atravesaba un precario puente sobre el Ebro. Una madera falló y él cayó al río con caballo y todo. Era el mes de noviembre y el agua estaba helada. Enfermó de tuberculosis, cuando todavía los antibióticos no habían llegado a España. Tardó dos años en sanar, y tuvo que abandonar su sueño, la carrera militar. Tuvo una depresión fortísima. Ingresó a Derecho, y en un curso de verano pidió para ir a Estrasburgo para estudiar francés. No hubo vacante, y de rebote tuvo que ir a Dijon. Allí, en ese verano de 1951, conoció a mi mamá, belga que iba allí por el mismo motivo. Tuvieron cuatro hijos de los cuales yo soy el menor. Debo pues mi vida a muchas “casualidades”: una lluvia, una madera que falló, una falta de vacantes en un curso de verano… y tantas otras que nunca conoceré y que se remontan desde el Principio (bereshit). Y gracias a una circular encontrada “casualmente” ahora soy sacerdote en el Perú y te escribo estas líneas…

Te pido perdón por tantas palabras con las que lleno ahora tu tiempo con esta carta que te escribo, pero te aseguro que todas salen de mi corazón y sé que en el tuyo encontrarán un lugar donde serán acogidas con ese calor y afecto que todos necesitamos. Gracias Arturo por escucharme y rezar por mí. Yo cada día rezo por ti, para que sigas adelante con tu vocación. No te olvido. Tu hermanito sacerdote, misionero siervo de los pobres del tercer mundo.

P. Jorge de Villar.

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1 comentario:

  1. El ejemplo es que arrastra. Gracias por el testimonio.

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