13 jul 2011

TESTIMONIO. Santiago Apóstol vuelve a cabalgar


El viernes 12 partimos hacia Accoera. Son casi cuatro horas de camino, de un lado una pared de roca, del otro el abismo, bordeando la cornisa sobre el río Santo Tomás. Los profesores nos han dicho que posiblemente sea uno de los lugares más abandonados de la zona. Tenían razón.

Llegamos a mediodía, y todo está desierto. Parece que todos fueron a trabajar a las chacras. Son apenas 30 casas muy separadas unas de otras, en el interior de una quebrada, como un mordisco gigantesco en esta montaña rocosa sobre el Santo Tomás. Al frente, dan ganas de saltar y encaramarse a ellas, las montañas de Chumbivilcas, en el Cuzco. De una casa sale humo, y allí vamos. Antes hemos dejado las cosas apoyadas sobre la puerta de la capilla, una construcción en adobe que ya por fuera parece totalmente abandonada, pero cerrada con un candado, luego alguien tendrá alguna llave… En esa casa encontramos a una señora con su hijito de apenas cinco años. “Hampuyki” es la palabra mágica para visitar una casa, se pronuncia a la puerta y su significado es una mezcla entre “tu visita” y “tu medicina”. El caso es que la respuesta siempre es, o casi siempre, “pasay, pasay”, “pasa, pasa”, mientras que apresuradamente disponen unos cueros y ponchos para que nos sentemos. Hemos tenido suerte. La señora no sólo es esposa del presidente de la comunidad, Felipe Huamán, sino que es hermana de un catequista de otra comunidad próxima a la que decidimos ir al día siguiente. Nos explica que todos los comuneros están en la “chacrasqa”, es decir, se han reunido todos para trabajar en una chacra y luego celebrarlo en la tarde con chicha y cañazo. Felizmente, su esposo llega antes de lo previsto. Él tiene, al no haber catequista, como presidente, la llave de la capilla. Nos abre, y el espectáculo es desolador. La humedad ha deteriorado todos los muros de adobe, las vigas están comidas por la carcoma, la única imagen, un Santiago Apóstol con caballo blanco y moro de apenas unos 40 centímetros, está decapitado sobre el altar. Y la nave está ocupada por todo tipo de enseres agrícolas. Han convertido la capilla en almacén. Pero, al fin y al cabo, ellos no son los culpables de su abandono, sino más bien víctimas. Rápidamente, con ayuda del presidente nos ponemos manos a la obra. Barremos, desalojamos y preparamos el altar. Ya sabes que suelo llevar hermosos ornamentos para la Misa, mantel y un Cáliz barroco, muy hermoso, de plata. La capilla es obscura, y eso ayuda, pues no se ve tanto su deplorable estado. Se me plantea el problema de cómo poner al Apóstol Santiago decapitado. Al final, sin querer de ninguna forma faltar al respeto, no se me ocurre otra solución que pegarle la cabeza con chicle (siempre he sido aficionado a Mortadelo y Filemón, y ya ves Arturo, que de todo lugar puedes aprender cosas útiles). Y resulta. Santiago cabalga de nuevo sobre su blanco caballo sobre el moro infeliz que no sabe muy bien de qué va la cosa.

Ya es de noche cuando llegan, algo tomados, la mayor parte de los comuneros. Se dirigen como autómatas hacia la capilla, al verla por primera vez iluminada por las velas que he dispuesto en los lugares que me parecen más oportunos. Al entrar, ven pues el viejo altar sobre el que reluce el hermoso cáliz de plata preparado con la patena y las vinajeras para la Santa Misa, y a su lado, sobre unas viejas andas, su viejo Santo Patrón también rodeado de velas, cuya luz da un gesto de misterioso reproche a su rostro, que mira fijamente a sus descuidados feligreses recién llegados. Entonces ocurre algo que me impresiona hasta lo más profundo de mi ser. Estos campesinos, de rostros endurecidos por el trabajo y ojos brillantes por el alcohol, uno a uno caen de rodillas y gritan, o cantan, no sabría distinguirlo, “Apu, taytayku Santiagu, kuya payawayku!” (“¡Señor, mi papá Santiago, ten piedad de nosotros!”) Nadie dice otra cosa. Celebro la Misa en medio de un respetuoso silencio, sólo roto de vez en cuando por algún llanto y la repetición de esa desgarradora frase. Después de la Misa, se retiran todos en silencio. El presidente nos instala en la “amautaq wasin” (“del profesor su casa”), como dice una vieja inscripción en el dintel de la puerta. Se trata de la vieja casa donde alguna vez habitó algún pobre maestro de escuela. Está más sucia que lo acostumbrado, y hay demasiados bichos de todo tipo. Hacemos pues un fuego que humea tanto que corremos el riesgo de salir también con las arañas, pero al fin podemos entrar y cenar lo que nos ofrecen, un pobre mote y mate de hierbas. Es el momento de sacar, cuando salen todos, el último chocolate belga que me queda del que me envió madre, que compartimos David, Dani y yo, antes de contar algunas historias y dormirnos hasta el amanecer.

En la mañana siguiente, los comuneros, ya sobrios, nos esperan todos reunidos. Quieren que antes de irnos pasemos por su viejo cementerio, para rezar por sus difuntos. Después de desayunar, mate y choclo, cargamos todas nuestras cosas y así vamos al cementerio, donde rezamos el Miserere y el responso por todos los difuntos de la comunidad. En el cementerio no hay ninguna tumba con inscripción escrita, sólo montones de tierra sobre los que no hay que llevar flores, pues ya crecen las silvestres de la temporada, y alguna que otra cruz de madera medio caída, indican que ahí hay alguien enterrado. Pero, increíblemente, cada quien sabe donde está cada cual: “Padresito, kaypi abueluymi” (“Padrecito, en aquí está mi abuelo”) me dice con toda seguridad un campesino señalando un montón de tierra, que yo sería incapaz de distinguir de cualquier otro. “Resasunchislla!” (“¡Recemos, pues!”), contesto yo, poniéndome la estola e iniciando el responso.

Antes de partir, el presidente me hace prometer que volveremos en breve: ellos van a hacer adobes para construir una nueva capilla, pero piden el apoyo de algún maestro de obras para el tejado. De todas formas, es algo que ya tenía previsto hacer: si voy a estos lugares no es para no regresar, sino para intentar volver al menos una vez cada dos meses.


P. Jorge de Villar.

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