31 oct 2011

ESPIRITUALIDAD CATÓLICA. Crónica de un Congreso Mundial que ha dejado huella. II


P. Rafael Pérez. Todavía impregnado mi recuerdo por todas estas impresiones, comenzó el Congreso en Laguiewniki, lugar que fue la cuna de la vida religiosa de Santa Faustina Kowalska, y a la vez lugar donde falleció y donde se conservan sus restos. Casi dos mil congresistas estábamos acreditados. Las conferencias se dieron en el gran Santuario dedicado a la Divina Misericordia, que fue inaugurado por Juan Pablo II y desde el que el Papa consagró a la humanidad entera a la Divina Misericordia un 17 de agosto del año 2002. El congreso estaba presidido por el Cardenal Schönborn, quien hizo una preciosa reflexión mostrando la armonía entre el mensaje de Santa Faustina, y el mensaje de Santa Teresita del Niño Jesús, en relación a la confianza en Dios y a la entrega a su Amor Misericordioso.

Dos grandes gestos y otros dos grandes testimonios coronaron este congreso:

En cuanto a los gestos, el primero fue la visita a Wadowice, la cuna natal de Juan Pablo II. Allí pudimos venerar la pila donde fue bautizado, y la casa que le vio nacer.

El segundo fue la visita al terrible campo de concentración de Auschwitz, donde más de un millón de personas, en su mayoría judíos, fueron exterminados por el régimen nazi en la segunda guerra mundial. Junto a ellos murieron dos grandes santos católicos: Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) y San Maximiliano Kolbe.

Cuando llegamos los congresistas, una orquesta interpretaba piezas de música clásica, que repartían su eco por todo el campo a través de altavoces. El silencio de este lugar y la música lacónica expresaban desolación, sufrimiento, impotencia, devastación…

Juan Pablo II cuando visitó este lugar el 7 de junio de 1979, dijo que era el Gólgota del mundo contemporáneo, donde Jesucristo había vuelto a ser ejecutado a manos de sus verdugos los hombres. Es símbolo del horror y la barbarie de un sistema totalitario. Pero a la vez, ese lugar es el símbolo de la victoria del amor frente al odio, pues en él entregaron sus vidas martirialmente santos conocidos, y seguro que muchos otros anónimos, imitando la ofrenda de Jesús en la Cruz por la salvación de sus hermanos.

De esta experiencia dolorosa de Juan Pablo II, en la que perdió a amigos judíos de su infancia, brota su reflexión madura sobre la misericordia de Dios como respuesta a tan horrible miseria. Dios ha impuesto un “límite al mal” que jamás podrá traspasar el atrevimiento de los hombres, nos dice en su encíclica Rico en Misericordia. Este descubrimiento de la misericordia de Dios, de hecho se convirtió en el centro de su reflexión en todo su pontificado.

Continuará...

P. Rafael Pérez.

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