16 mar 2012

ESPIRITUALIDAD CATÓLICA. En Cuaresma, Jesús nos lleva al desierto. IV


P. Rafael Pérez. La serpiente de bronce es sólo una pálida sombra que anuncia al verdadero estandarte puesto en alto, Jesús crucificado, para que todo el que lo contemple con fe y se entregue a El, pueda quedar sano de la mordedura del pecado. Jesús nos ha rescatado al precio de su sangre, y de la herida de su costado ha brotado el bálsamo para sanar nuestras mordeduras mortales.

“Como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga en él la vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. (Jn 3, 14-17. Jesús nos va a liberar y sanar del pecado gracias al Misterio de la Pascua, pero será al precio de su propia vida. Así lo profetiza Isaías en este cuarto cántico del Siervo de Yahvé

“Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; le vimos y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento, como uno ante el cual se oculta el rostro, menospreciado sin que le tengamos en cuenta.

¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba, y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como cordero llevado al matadero, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. Ofreciendo su vida en sacrificio por el pecado, verá descendencia, alargará sus días, y el deseo de Yahvé se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos, y cargará con las iniquidades de ellos”. (Is. 53,2-11)

Esta liberación del pecado se hace realidad en nosotros cuando nos dejamos sanar por Dios en el sacramento del Perdón: ¿Valoramos suficientemente este sacramento?... ¿Somos conscientes de estar necesitados de la misericordia de Dios?... ¿Creemos verdaderamente en la grandeza de ese Amor misericordioso?.... ¿Nos reconciliamos frecuentemente con el Señor y con nuestros hermanos?... Hagamos unos instantes de silencio para interiorizar estas preguntas.

Continuará...

P. Rafael Pérez.
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